Y dos días después, la indignación ciudadana estalló. Como nunca antes, la plaza San Martín estuvo copada de miles de ciudadanos de todos los colores políticos: verofans, barnecheveres, ppkausas, guzmanlovers, alpinchistas, etc. Pese a las diferencias políticas, por primera vez todos se dieron cuenta de que el enemigo principal es el fujimorismo. El mismo de las esterilizaciones forzadas, de La Cantuta, de Barrios Altos, de los campesinos del Santa, de los 15 millones a Montesinos, del cierre del Congreso, del narcoestado, de las compras de los medios de comunicación, de los chuponeos, de los militares con cuenta millonarias y fugados al exterior. Marchar no solo era reclamar que se aplique la misma vara que con el de la plata como cancha, que por entregar regalos como cancha se quedó afuera, demostrándose que el Jurado no mide con la misma vara a todos. Marchar sirve también para hacer memoria de todos estos hechos. Era recordar a la gente que elegir a Keiko Fujimori es pasar por agua tibia todo esto y reivindicar al régimen más corrupto de nuestra historia, que envileció y deterioró la moral del país. Esto no es rencor ni odio: es búsqueda de justicia y lucha contra la impunidad. Esto no es ser antidemocrático: nada más democrático que luchar contra el fujimorismo, contra sus métodos. Sus reacciones ante la marcha del viernes, así como otras recientes, demuestran que no han cambiado. Se vienen más marchas, por calles y plazas, recordando todos estos hechos, con el fin que todos los peruanos de buena voluntad no se dejen engañar. El Perú ya se despertó y nadie lo para.
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