martes, 5 de abril de 2016

Fernando Olivera

Los tres meses que viviremos en peligro. Día 88.

Desde su aparición en la política nacional, Fernando Olivera ha desatado odios y amores. En 1981 era un pulpín más cuando fue designado secretario general de la Fiscalía de la Nación. Fue él quien, en 1984, descubrió una fosa con decenas de restos en Pucayacu, asesinados por militares. Elegido diputado en 1985 por Convergencia Democrática, una coalición que lanzó la candidatura de Luis Bedoya Reyes, se desafilió de la misma para trabajar como parlamentario independiente. Allí comenzó a denunciar la corrupción del primer Alan García, y se ganó el corazón de los anti-apristas. En 1990 es reelegido, ahora con su nuevo movimiento, el Frente Independiente Moralizador (FIM), que en su corta existencia se destacó por su lucha contra la corrupción y las violaciones a los derechos humanos. No se quedó en las denuncias contra García, exiliado en París, y fue crítico del fujimorismo, que institucionalizó su historia de latrocinio y corrupción el 5 de abril de 1992. Desde su escaño de congresista en 1993, y a lo largo de toda la década, también denunció las atrocidades de Alberto Kenya junto a su socio Vladimiro Montesinos. Ya era visto como el que expresaba el anti-aprismo y anti-fujimorismo. El 14 de septiembre del 2000 tocó la gloria al difundir un vídeo que mostraba el soborno de Montesinos al entonces congresista Alberto Kouri para que se cambie al oficialismo, que no alcanzó la mayoría pese al fraude electoral de ese año. Con esas pruebas, el régimen nefasto empezó a desmoronarse progresivamente hasta la huida del dictador a Japón para renunciar por fax desde aquel país. Olivera pensó que había llegado su hora estelar, y en las elecciones del 2001 se presentó como candidato presidencial. Sin embargo, la gente lo veía más como luchador anticorrupción que como mandatario, y solo nueves de cada cien peruanos le dieron su voto. El Cholo de Harvard le había ganado por puesta de mano, con su épica gesta de la Marcha de los Cuatro Suyos. Generoso, Alejandro Toledo lo designó ministro de Justicia, cargo que desempeñó por un año. La soberbia se le subió a la cabeza. El poder lo mareó. Le tiró la puerta a una colega y le gritó a otro. Se tuvo que ir a España, designado embajador allá. En el 2005 se lo ocurrió que, basado en esa experiencia, debía ser el canciller. Solo pudo ocupar Torre Tagle por tres horas, porque el ratificado presidente del Consejo de Ministros, Carlos Ferrero, decidió renunciar, dejando en el aire a todo el gabinete, incluido Olivera, que rompió palitos con Toledo. Al año siguiente se presentó otra vez como candidato, pero al ver que no pasaba la inaugurada valla electoral, buscó volver al Congreso. El pueblo castigó la soberbia que mostró en el quinquenio toledista y no sacó ni uno por ciento. Decepcionado, el popular "Popy" se regresó a la península ibérica. Allí permaneció hasta fines del año pasado, cuando anunció que sería candidato presidencial. Algunos se burlaron, otros dijeron que estaba loco. Pero lo que Olivera quería era mostrarse. Primero le tocó intervenir en un foro anticorrupción organizado por la Contraloría. Y allí Olivera estuvo on fire. Habló contra todos los candidatos, y ni el Contralor se salvó. Todo el mundo comentó que había vuelto el Popy de los 90, que era el terror de apristas y fujimoristas. Pero allí quedó, porque siguió figurando en el rubro "otros" en las encuestas. Fue su cuarto de hora en estas elecciones. Pero todavía había más. Para el debate presidencial, fue sorteado con García. Todo el mundo comentó lo que sería ese choque, pero nadie imaginó la masacre que se venía, ante un líder aprista decadente política y moralmente. En cinco minutos, Olivera le recordó, ante todo el país y en cadena nacional, que tenía que responder por el enriquecimiento ilícito, por el BCCI, por los aviones Mirage, por el fiscal Morgenthau, por su departamento de París, por el dólar MUC, por la fundación Rayons du Soleil, por el caso Lava Jato, las coimas de Odebrecht, del Tren Eléctrico, de Sergio Siragusa, las cuentas en Gran Caimán, la masacre de los penales, el comando Rodrigo Franco, por el Baguazo, por la persecución a los maestros, a los estudiantes, por las colas, los paquetazos, por la inflación, por el túnel en el que escapó Víctor Polay. Escuchar todo eso fue un ejercicio de memoria. Para los futboleros, fue como el siete a uno que Alemania le propinó a Brasil en el último mundial de fútbol. Solo faltó mencionar los narcoindultos, pero fue suficiente la humillación que Alan García sufrió ante el país entero. En el ocaso de su carrera política, Olivera volvió a hacerse una. No será elegido presidente y quizás ni pase la valla. Pero haber destruido públicamente a los dos políticos que más daño le han hecho al Perú en los últimos 30 años, en dos momentos  diferentes, nadie se lo va a quitar.

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