Al final, se comprueba que el tal Acuña nunca fue opositor a la dictadura de Fujimori ni nada que se le parezca. Siempre estuvo jugando al cálculo para ver qué obtenía. Nada sonso, no quiso aceptar ningún dinero para evitar que lo tengan agarrado de dónde ustedes ya saben. Por eso pidió un ministerio, con lo cual si bien se alineaba al régimen, no perdía cierta capacidad de maniobra y de independencia, además de tener su cuota personal de poder. Qué hubiera sido si le aceptaban el pedido. Y en segundo lugar, no fue el que hizo el famoso dictamen contra Alberto Kouri, quien recibió plata de Montesinos para pasarse las filas del fujimorismo. Se lo hizo un respetable abogado, Guillermo Olivera; pero el muy conchán, acostumbrado desde aquellas épocas a apropiarse de lo que no es suyo, lo firmó. Y después negoció con Ricardo Mercenario, perdón, Marcenaro, ese sujeto defensista del régimen que no sabemos si vive todavía o está en el infierno, para que ese dictamen sirva para crear una comisión acusatoria: o sea, que no haya investigación y así Kouri quedaba limpio. Pero la cereza de la torta fue que, en el mismo momento en el que régimen se hundía, Acuña se retiró de la votación en la que decidieron destituir al futuro candidato al senado japonés, luego de su renuncia por fax. En síntesis, Acuña nunca fue opositor a Fujimori y siempre jugó al cálculo, al acomodo y a ver qué obtenía. Pero todo eso es menos que haber vivido en el SIN, cómoda y plácidamente, mientras se robaba con uniforme militar y con terno, se torturaba y desaparecía a gente que sabía mucho, con el agregado de no solo ser la hija, sino la primera dama de la dictadura.
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