sábado, 27 de febrero de 2016
Mario Poggi
Alguna vez Mario Poggi expresó su deseo de llegar a la presidencia de la república. No creo que hubiera sido elegido presidente, aunque en este país cualquier cosa es posible; pero sí hubiera sido un buen candidato porque tenía carisma, ganas de hacer cosas por el pueblo, y ningún antecedente de corrupción. Aunque hace tres décadas asesinó a un criminal descuartizador, cuando trabajaba como psicólogo, porque consideró "que había el riesgo de que siguiera matando", luego pagó su condena, sin pedir indultos ni interponer recursos ni nada de esas cosas. Se comió su cana sin quejarse. Después de eso, se volvió un personaje de farándula, de prensa rosa. Con todo, don Mario sabía cuáles son los principales problemas del país. Por ejemplo, una vez le propuso a La Mula que Roque Benavides, el mandamás de la minería peruana, debería darle dos mil dólares a todos los ancianos; y que recuperaría toda la plata que Alan García, Alberto Fujimori y Alejandro Toledo habían obtenido de manera ilícita para continuar haciendo lo mismo. Los contratos que benefician a los grandes grupos de poder y la corrupción política son los principales problemas del país. A raíz de esos privilegios es que luego viene la criollada, la sacada de vuelta a la norma, el mal ejemplo, la delincuencia y la inseguridad. Sin tanto empresario vivazo y tanto político corrupto, el Perú sería distinto. Esa deuda social pagada sería el trampolín para una nación con oportunidades para todos. Seguramente Poggi era un loco calato, pero hasta un loco calato como él se daba cuenta de eso. Y quizás por eso prefería la locura a vivir en esta realidad en la que optamos por la amnesia antes que por la locura. No hubiera estado mal elegir a un hombre como él, que hacía reír, porque en Italia estuvieron a punto de elegir a un cómico y en Guatemala ya lo hicieron. Hubiera sido el clímax perfecto para un país que a veces ríe para no llorar, y que cree que un plato de comida es más que sus intelectuales, aunque luego se indigne hipócritamente por una ola de plagios. Y aunque sabemos que haber elegido a Poggi era una locura, es mejor apostar por un loco que por el menú de candidatos que apunta a volvernos más locos todavía. En un país de locos, Poggi no desentonó. Es una lástima ya no ver más a un culto loco, pero culto al fin, como don Mario Poggi, derramando lisura y extravagancia en el parque Kennedy. Hasta siempre, don Mario. Ya nos veremos con los locos del más allá.
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