martes, 23 de febrero de 2016
Los tres meses que viviremos en peligro. Día 46.
Cuando decidió que su partido debía aliarse al de César Acuña, Humberto Lay sabía que el líder norteño no era ningún santo. Cuando se conoció que el hombre de la raza distinta estaba acusado de una supuesta violación a una estudiante menor de edad, hace casi 30 años, Lay no dijo ni pío. Cuando la ahora señora negó que hubiera sido violada, evidenciando que Acuña tuvo una relación sentimental con ella cuando era menor de edad, Lay dijo que se trataba de un "error". Cuando apareció la primera prueba de plagio contra Acuña en su tesis de doctorado por la Universidad Complutense de Madrid, Lay otra vez se quedó mudo. Tan mudo como Castañeda. Cuando apareció otra prueba de plagio de Acuña, esta vez en su tesis de maestría por la Universidad de Los Andes, en Colombia, Lay se volvió a quedar mudo. Cuando apareció la prueba de plagio más descarada, la copia completa de un libro, Lay se quedó mudo por cuarta vez. Cuando Acuña es denunciado por hacer regalos a sus simpatizantes, Lay se queda callado por enésima vez. Pero cuando dentro de la alianza alguien manifiesta que está a favor de la unión civil entre las parejas del mismo sexo, y que se deja en libertad a los integrantes para tomar posición sobre el asunto, Lay renuncia a sus candidaturas a la primera vicepresidencia de la República y al Congreso. En pocas palabras: cuando se trata de probados actos reñidos contra la ética y hasta cercanos al delito, Lay guarda silencio en todos los idiomas. Pero cuando se trata de algún tema relacionado con el sexo, se atreve a decir algo dependiendo de la situación. Si tiene que ver con algún escándalo sexual, de esos por los que acostumbraba sancionar a sus feligreses en su iglesia, le da la bendición a su aliado. Pero si se trata de un asunto que no hace daño a nadie, y que más bien es un derecho que todos los seres humanos debemos gozar por igual, allí saca las garras. Pero no debe extrañar que Lay actúe así: en la comisión de Ética del Congreso acostumbraba a perdonar a los fujimoristas, a la derecha, o a quien le convenía; pero si se trataba de un izquierdista como Javier Diez Canseco, intachable hasta el final, abre el camino para una sanción injusta, promovida por Nadine Heredia desde Palacio de Gobierno (¡No te metas, Nadine!). Pero igual es muy vivo el arquitecto-pastor: ha renunciado a sus candidaturas pero no ha roto la alianza, porque aún espera que Acuña, pese a todos los goles en contra, pase la valla. Lay se hará el sonso como Piolín con Silvestre. Pero sonso no es.
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